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Se tiende a sostener que existe una correlación entre crecimiento económico e inversión en tecnología, es decir, en el mundo actual el crecimiento de un país se vería limitado si no hay un aumento en su dotación tecnológica. Partiendo de este supuesto, deberíamos afirmar que Chile está hipotecando su futuro.
En efecto, si se analizan las ventas de la industria de las tecnologías de información (TI) como porcentaje del PIB, se ve que la tendencia ha ido a la baja en los últimos cuatro años, cerrando 2004 con un 1,19 por ciento. La situación es peor aun si comparamos esta cifra con países como República Checa, Polonia y Hungría, donde llega al dos por ciento, y ni pensar si lo hacemos con países desarrollados, en los que se está cerca del cuatro por ciento.
¿Cuáles son las razones de este magro desempeño en Chile? Desde el inicio, el gobierno de Lagos ha puesto énfasis en el uso de tecnología, pero limitado a dos grandes objetivos: gobierno electrónico y alfabetización digital, que se han logrado, aunque con inversiones enmarcadas en los presupuestos históricos del Estado y sin una incidencia significativa en el crecimiento de la industria TI.
Asociaciones gremiales, como la ACTI, han coordinado esfuerzos con el Gobierno para establecer una Agenda Digital, pero sin resultados efectivos. Y organizaciones no gubernamentales, como País Digital, no han logrado definir una estrategia clara ni liderar iniciativas que apunten al crecimiento de la industria. Pero probablemente son las propias empresas TI las grandes responsables del problema, ya que no han sabido posicionar su oferta como elemento que mejora la competitividad de las compañías, y la calidad de los servicios es dispar, produciendo incertidumbre en los compradores, lo que aumenta el riesgo y baja el consumo.
¿Qué podemos hacer, entonces, para revertir esta tendencia? En un país con tantas brechas, es impensable que el Gobierno pueda invertir más en TI, considerando las necesidades de recursos en áreas como salud y educación. Tal vez una alternativa viable es crear instrumentos –una especie de Sence TI— lo suficientemente atractivos que hagan que las empresas medianas y pequeñas se vean incentivadas a aumentar la inversión en TI.
Más aun, instituciones como la ACTI y País Digital deben encontrar puntos en común, como, por ejemplo, acciones para certificar la calidad de los servicios de las empresas más pequeñas, generando credibilidad en la industria y aumentando el consumo.
Mientras no nos pongamos de acuerdo, seguirá ampliándose la brecha entre las empresas que invierten en tecnología para crecer y las que no, limitando el desarrollo del país y aumentando la desigualdad.
Emilio Deik
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